Los terraplenes han sido las primeras y más comunes barreras firmes levantadas contra los enemigos a lo largo de la historia. Como una evolución de éstos, aparecieron en China los muros de tierra apisonada durante el Neolítico, alrededor del año 5000 a.C.. Sus ventajas como material ignífugo, aislante de la intemperie y resistente a los temblores los convirtieron en elementos estructurales muy usados para construcciones tanto civiles como militares. 

Se cree que fue el Emperador Amarillo, Huangdi, quien construyó la primera muralla urbana. Para tiempos de la dinastía Shang, ya se levantaban murallas que podían llegar a los veinte metros de altura, como las encontradas en la ciudad de Ao (hacia el 1400 a.C.). La ciudad de Handan del estado de Zhou (386 a.C.) tenía muros de dimensiones similares, dando muestra de cómo las murallas urbanas y el resto de las construcciones empezaron a conformar un paisaje más uniforme a medida que la China imperial crecía y buscaba consolidar su poder.

En la “Larga Muralla”, una serie de fortificaciones levantadas por los Reinos Combatientes para defender cada uno sus fronteras, los muros fueron construidos apisonando barro y grava dentro de un encofrado de madera. Soportaban sin problemas los típicos ataques con armas pequeñas, pero no eran muy efectivas ante la maquinaria de asedio más avanzada de la época y los sitios prolongados. Tras consolidar el nuevo imperio en el año 221 a.C., el emperador Zheng de la dinastía Qin demolió las secciones de la Larga Muralla que separaban a sus estados y restauró, combinó y extendió las que había por todo el norte, creando finalmente lo que hoy se conoce como la Gran Muralla China.
